Diario de creación #17: Darle una vuelta más. Detalle del vestuario y las manos de José Diego sosteniendo la máscara de El Diablo Cojuelo.

📖 Diario de creación #17: Darle una vuelta más

Diario de creación de El Diablo Cojuelo · A la Sombrita

Esta semana he hecho pocos kilómetros, pero mucho montaje y desmontaje. Las funciones han sido por la zona y, aun así, he terminado físicamente agotado. Hay semanas en las que noto más las veces que cargo la furgoneta, levanto el escenario y vuelvo a recogerlo todo que las horas de carretera.

El doblete fue especialmente exigente: por la mañana, Un trocito de Luna; por la tarde, El tesoro de Barracuda. Barracuda me supone unas cuatro horas de montaje y otras dos de desmontaje, además de la actuación. Al sumar todo eso al trabajo de la mañana, llegué al final del día con el cuerpo bien enterado.

Entre ese cansancio también he podido valorar algo: la preparación física que llevo trabajando durante este año me está ayudando mucho. Lo noto cuando se acumula el esfuerzo. Termino cansado, claro, pero siento que puedo afrontar estas jornadas con más capacidad y sin que todo se convierta en un caos.

El cuerpo con el que cargo, monto y desmonto es el mismo con el que, un rato después, tengo que manipular, interpretar y sostener la atención del público. Cada vez tengo más claro que cuidarlo forma parte de mi oficio.

Y entre funciones, con el cansancio todavía encima, sigo buscando huecos para El Diablo Cojuelo.

El vestuario de El Diablo Cojuelo: empezar a verme dentro

Estos días me han llegado las prendas que había pedido para trabajar sobre el vestuario de El Diablo Cojuelo. Tenía ganas de probármelas y empezar a verme dentro de ese mundo que llevo meses construyendo.

Una cosa es mirar una prenda y otra ponérmela junto a los bastidores, sobre el suelo de la escenografía, entre las maderas y las telas. Ahí empiezo a descubrir si encaja como imaginaba.

Quiero que el vestuario sugiera una época, pero tenga su propio carácter teatral. No quiero sentir que voy disfrazado. Necesito reconocerme dentro de esa ropa y, al mismo tiempo, encontrar algo que me acerque al personaje.

Al probármela voy mirando los matices: dónde termina una pieza, cómo se relaciona con las demás, qué proporciones aparecen y qué ocurre cuando empiezo a moverme. Tengo que poder agacharme, girar, alcanzar los objetos y manipular. Hay mucho trabajo que hacer dentro de ese vestuario.

Verme en la escenografía me está ayudando a concretar decisiones que hasta ahora solo podía imaginar. También me hace revisar algunas que parecían resueltas. Una prenda puede gustarme mucho por separado y necesitar otro ajuste cuando la veo dentro del conjunto.

José Diego Ramírez de cuerpo entero con el vestuario y la máscara de El Diablo Cojuelo, entre los bastidores.
Verme de cuerpo entero dentro de la escenografía me ayuda a comprobar cómo encaja el vestuario.

El maquillaje teatral: buscar el rostro

Con el maquillaje estoy empezando una búsqueda parecida.

Quiero pensarlo con el mismo cuidado. Me interesa que me ayude a interpretar y que encuentre su relación con el vestuario, con la máscara y con la estética del espectáculo.

Busco un punto de fantasía teatral que me permita alejarme de mi rostro cotidiano. Todavía estoy investigando cómo llegar ahí: miro referencias, pruebo posibilidades y me pregunto hasta dónde llevarlo.

No lo tengo resuelto. Ahora que empiezo a verme vestido dentro de la escenografía, puedo hacerme preguntas más concretas. Voy descubriendo qué me falta y qué necesito seguir probando.

Hay algo emocionante en ese momento. Después de tantos dibujos, anotaciones y decisiones de taller, empiezo a poner mi propio cuerpo dentro de la imagen.

José Diego Ramírez agachado junto a la mesa escenográfica, probando la manipulación de El Diablo Cojuelo.
El vestuario también tiene que acompañarme al agacharme, alcanzar los objetos y manipular.

Cuando ya lo veo bien, volver a mirar

Un amigo me dijo algo que recuerdo estos días: cuando ya lo veamos bien, tenemos que buscar la excelencia.

Me quedé pensando en esa frase. Reconozco perfectamente el alivio de encontrar una solución que funciona y poder dar una tarea por terminada. Pero también sé que, si me detengo a mirarla otra vez, a veces descubro una posibilidad mejor.

Intento preguntarme si he elegido algo porque es lo que necesita el espectáculo o porque fue lo primero que conseguí resolver.

Darle otra vuelta me obliga a salir de lo cómodo. Volver a documentarme, hacer una prueba más, investigar algo que creía conocer. A veces el cambio es pequeño, pero siento que acerca la pieza a lo que estaba buscando.

Con el pequeño teatrillo que forma parte de la obra me está pasando precisamente eso. Estoy pensando cómo rematar el borde de la pantalla, cómo disimular unas bisagras demasiado brillantes y cuánto adorno barroco necesita. Quiero encontrar el punto en el que todo encaje.

Son detalles que quizá el público no identifique por separado. Aun así, para mí tiene sentido dedicarles tiempo: un brillo puede llevarse la mirada hacia donde no quiero; un remate puede ayudar a que todo pertenezca al mismo mundo.

Siento que el público se merece ese cuidado. Quiero ofrecerle un trabajo pensado y probado. Saber que he buscado, que he revisado mis decisiones y que no me he conformado por comodidad.

Durante las pruebas puedo encontrar algo valioso improvisando. Después necesito comprobarlo, trabajarlo y decidir si de verdad tiene un lugar en la historia.

Lo que aprendo me hace volver atrás

Mientras construyo el espectáculo, voy aprendiendo a hacerlo.

Cada prueba me aporta algo. Entiendo un poco mejor un material, un movimiento o una necesidad de la escena. Y ese conocimiento cambia mi manera de mirar lo que ya había hecho.

Entonces vuelvo atrás.

Reviso una pieza que daba por terminada, ajusto una idea o recupero una solución que ahora sé desarrollar mejor. Lo que aprendo hoy me permite ver algo que hace unas semanas se me escapaba.

A veces me cuesta. Tengo tareas pendientes y necesito avanzar. Volver sobre algo que ya había cerrado puede darme la sensación de que no termino nunca.

Pero también reconozco que estoy mirando con más experiencia. No soy exactamente el mismo que tomó aquella primera decisión. He probado más, he aprendido más y ahora puedo pedirle algo distinto a esa pieza.

Siento que El Diablo Cojuelo va creciendo y que yo voy creciendo con él. Este diario me ayuda a reconocerlo, incluso en las jornadas en las que no puedo señalar un objeto terminado y decir: esto es lo que he hecho hoy.

A veces lo que me llevo es una pregunta mejor, o la certeza de que necesito cambiar algo.

Tendré que decidir: hasta aquí

Si sigo este camino sin ponerle un límite, podría no terminar nunca.

Siempre puedo encontrar otra referencia o imaginar una manera diferente de resolver un detalle. Por eso también tendré que aprender a decidir cuándo una mejora merece el tiempo que me pide y cuándo ha llegado el momento de cerrar.

En algún punto me tocará decir: hasta aquí. Dar por terminadas las piezas y concentrarme en ensayar con ellas, en hacer que convivan y cuenten la historia.

Ahora sigo buscando muchos de esos matices. Esta semana han pasado por el vestuario, el maquillaje y los acabados. También he sentido en el cuerpo lo que cuesta sostener este proceso mientras continúo llevando los otros espectáculos al público.

Termino cansado, pero con nuevas preguntas sobre la mesa. Me pruebo una prenda, me miro entre los bastidores y descubro algo que quiero ajustar.

Y vuelvo a darle una vuelta más.

¿Cómo reconoces tú ese momento en el que seguir mejorando algo debe dar paso a darlo por terminado?

José Diego Ramírez
A la Sombrita

Detalle del vestuario de El Diablo Cojuelo y las manos de José Diego con la máscara. Diario de creación #17: Darle una vuelta más.
El vestuario, la máscara y los pequeños detalles empiezan a encontrar su lugar.

Diario de creación de El Diablo Cojuelo – Teatro de Sombras

Sigue el Diario de creación de El Diablo Cojuelo, el espectáculo con el que A la Sombrita celebra sus 25 años de trayectoria.

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