📖 Diario de creación #12: La fragilidad de la luz
Lo que una función de Barracuda devuelve al taller de El Diablo Cojuelo
La fragilidad de la luz también forma parte de este diario de creación. En la entrega anterior os contaba cómo el taller y la gira compartían materiales y horas de trabajo. Esta semana, esa convivencia nos ha puesto a prueba.
1. Paisajes que se despliegan y se recogen
Esta semana he estado construyendo paisajes que se despliegan y se recogen. Investigando mecanismos pop-up, probando sus posibilidades y buscando qué solución le conviene a cada momento de El Diablo Cojuelo.
Estos elementos me permiten colocar rápidamente los paisajes y los objetos que vamos a proyectar, y retirarlos cuando termina cada escena. Detrás de ese gesto hay bastante trabajo: estudiar cómo se abre cada estructura, cómo se sostiene, qué sombra produce y cómo volver a recogerla. Voy asignando a cada escena la forma que mejor puede resolverla.
Mientras tanto, seguimos de gira. Y esta semana, una función de El Tesoro de Barracuda me ha devuelto al taller con algo más en lo que pensar.
2. Desmontar un mundo para llevar otro al teatro
Para las primeras pruebas de El Diablo Cojuelo hemos utilizado parte del material de Barracuda. Antes de salir de gira tocaba desmontarlo, revisarlo y comprobar que no quedaba nada atrás ni habíamos estropeado nada durante las pruebas.
En San Roque empezamos a montar a las siete de la mañana, en el Teatro Juan Luis Galiardo. A las once esperábamos a los escolares. A las nueve y media ya estaba todo montado y nos disponíamos a dirigir la iluminación y hacer las pruebas de sonido.
El escenario estaba listo. Los paisajes, colocados. Los objetos, preparados. Solo faltaba comprobar que la luz obedecía.
Entonces llegó la sorpresa.
Los tres focos principales no encendían.
3. Cuando la luz no responde
Al principio pensé que sería algo sencillo. Un cable mal conectado, una orden que no había llegado, un detalle que se nos había escapado durante el montaje.
Esos focos dependen de unas fuentes de alimentación y unas placas electrónicas que permiten controlarlos desde el ordenador mediante DMX. Al sistema le llegaba corriente, pero los focos seguían apagados.
Revisé las conexiones. Volví a probar las órdenes. Comprobé lo que pude, una cosa detrás de otra, esperando que en algún momento apareciera una respuesta. Pero no aparecía.
El tiempo avanzaba.
A las once esperábamos a los escolares. Cada minuto que pasaba reducía las posibilidades de encontrar una solución. Y los tres focos continuaban allí, mudos, sin emitir un solo destello.
Probé todo lo que supe probar. Llegué hasta donde alcanzaban mis conocimientos, pero no conseguí que funcionaran.
Tuvimos que tomar la decisión de suspender.
El teatro de sombras tiene esto: si falla la luz, no puedes hacer sombras.
Llamamos al programador para explicarle lo que ocurría y que pudiera avisar a los colegios. Fue entonces cuando supimos que esperaban a 460 escolares, con varios autobuses que venían de las pedanías.
La noticia hizo que el silencio de aquellos focos pesara todavía más.
Nos dijo que iba a acercarse el electricista del Ayuntamiento, por si podía hacer algo. Y que ya no daba tiempo a avisar a los colegios.
4. Una espera a oscuras
Siempre he querido estar preparado para un momento así. Sé que dependemos de la electrónica y de los ordenadores, y sé que no son infalibles. Pero allí estaba: con todo montado, los niños a punto de llegar y sin encontrar una solución.
Esperamos al electricista mirando las conexiones, el ordenador, las fuentes de alimentación. Como si observarlas pudiera hacer que revelaran qué estaba ocurriendo dentro.
No había una explicación clara. Tampoco una maniobra segura que probar.
Solo quedaba esperar.
Y el tiempo seguía corriendo.
En un ataque de rabia, golpeé varias veces la caja de conexiones contra el suelo.
Después, durante un instante, no pasó nada.
Y, de pronto, los focos se encendieron.
Así ocurrió. No fue una reparación ni habíamos averiguado la causa de la avería. Pero teníamos luz.
Ante la sorpresa, no tocamos nada más. Terminamos de dirigir los focos, avisamos al programador de la nueva situación y lo dejamos todo preparado para recibir a los pequeños.
5. Una función pendiente de cada encendido
La función empezó sin que yo supiera si la luz iba a aguantar hasta el final.
No quería pensarlo. Y, sin embargo, lo pensaba cada vez que se acercaba el momento de encender uno de aquellos focos.
Cada encendido se convirtió en una pequeña prueba. Una orden, una espera, una respuesta. Mientras la sombra aparecía, yo ya estaba pensando en la siguiente.
Tenía que seguir contando, manipular, estar en la historia. Y, al mismo tiempo, había una parte de mí pendiente de la siguiente luz.
Nunca había sudado tanto en una función.
La hicimos completa.
El público seguramente no supo hasta qué punto todo había estado a punto de venirse abajo. Ni que, mientras veía las sombras, yo seguía esperando que el próximo foco respondiera.
6. La fragilidad de la luz vuelve conmigo al taller
Desde entonces pienso mucho en la fragilidad del teatro. En el Diario #10 os contaba la alegría de encender las nuevas luces del Cojuelo. Ahora esa búsqueda convive con lo que hemos vivido en San Roque. Y en la del teatro de sombras, en particular.
Hay meses de trabajo detrás de lo que aparece en una pantalla. Hay escritura, dibujos, construcción, ensayos, viajes y personas que se organizan para encontrarse en un teatro. Y todo eso puede quedar pendiente de un fallo en una caja de conexiones. Todavía no sabemos qué ocurrió dentro de la nuestra.
Esta experiencia también entra ahora en la creación de El Diablo Cojuelo. Me hace ser aún más cuidadoso con la fabricación de cada elemento, con los materiales que elijo y con la manera en que todo se monta, se conecta, se manipula y se recoge.
Vuelvo a los pop-up, a esos paisajes que quiero desplegar con un gesto. Los miro también pensando en cuántas veces tendrán que abrirse, viajar y volver a funcionar.
Construimos y probamos para poder salir a escena con confianza. Aun así, nunca estamos completamente a salvo.
Es el teatro: ese veneno dulce que te atrapa y te mata cinco minutos antes de empezar, cuando el mundo se encoge en un camerino y cada ruido parece una amenaza. Y, justo cuando todo parece perdido, cuando el corazón ya no sabe si temer o esperar, renace con el primer gesto, con la primera palabra, con la primera sombra que cruza la luz. Entonces se abre el telón y vuelves a respirar. No porque el peligro haya desaparecido, sino porque el teatro ha vuelto a suceder.
José Diego Ramírez · A la Sombrita
25 años de sombras con luz propia

Revisión de la iluminación en el taller. Diario de creación #12 de El Diablo Cojuelo: La fragilidad de la luz.
Diario de creación de El Diablo Cojuelo – Teatro de Sombras.
Sigue el Diario de creación de El Diablo Cojuelo, el espectáculo con el que A la Sombrita celebra sus 25 años de trayectoria.
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